Stranger Things y el anticomunismo
El saber es el único espacio de libertad del ser. (M.Foucault)
He visto Stranger Things con mi hija. He disfrutado la serie y me alegra haberla acompañado, sobre todo porque el adoctrinamiento anticomunista —si bien está presente desde el inicio— a partir de la tercera temporada se vuelve evidente, casi escandaloso.
El cine ha sido históricamente una herramienta de colonización cultural. A veces el mensaje es tan explícito que una duda si responde a una estrategia deliberada o si, simplemente, quienes escriben, producen o financian han interiorizado una visión del mundo centrada en la experiencia y los intereses de un país concreto.
La fuerza de la imagen y de las historias —y lo que despiertan en nosotras— tiene un alcance mucho mayor que otros medios. Por eso la industria audiovisual desempeña un papel central en la creación y transformación de hábitos, imaginarios y creencias. Modas, héroes y villanos, miedos, ambiciones, complejos, aspiraciones y prejuicios se construyen a partir de discursos, educación y cultura.
En América Latina, el cine estadounidense ha contribuido a expandir una narrativa en la que ciertos valores y rasgos culturales se interiorizan como “lo bueno”, “el sueño”, mientras otros encarnan “lo detestable”, “de lo que hay que huir”. Considerando los papeles y roles que se dan habitualmente a las personas latinas y sus entornos en el cine, poco que decir sobre una evidencia: mucha gente siente que debe huir de lo que ES y aspirar a LO QUE NO ES. Esa fractura identitaria ayuda a explicar por qué algunos políticos de origen latino se distancian con vehemencia de su propia procedencia, así como el hecho de que clases altas latinoamericanas jueguen a ser de otro país, en ocasiones contra los intereses del suyo.
El anticomunismo funciona, en muchos casos, como un paraguas bajo el que se agrupan el antisocialismo, el rechazo a los derechos sociales, al feminismo, a las agendas de diversidad o a cualquier crítica al capitalismo sin límites o que proponga bienestar más allá del consumo. Opera como una lógica de construcción de enemigos, una manera de trazar fronteras morales y políticas.
Hoy parece pesar más el miedo —y el rechazo difuso a todo lo que se etiqueta como “comunismo”— que un debate serio sobre modelos políticos más equitativos. Del mismo modo, la palabra “libertad” circula con enorme fuerza simbólica, pero rara vez acompañada de una reflexión profunda sobre qué significa y para quién.


