Asfixiar Cuba

“Sonhar não é apenas um ato político necessário, mas também uma conotação da forma histórico-social de estar sendo de mulheres e homens.”(FREIRE, 2002)
Lo que se hace —y se ha hecho históricamente— con Cuba, como el genocidio en Gaza, es aplastar a un pueblo para disciplinar a otros. A veces de forma más diplomática; otras, más explícita. Pero el fin es el mismo: impedir que funcione un sistema que se percibe como resistente frente a otro. Un sistema económico, un sistema de valores, incluso una idea de nación.
Cuba pasa de manos españolas a la órbita estadounidense en 1898. Antes, la colonización arrasó con su población originaria y sostuvo la explotación de la isla sobre la esclavitud africana, consolidando una división de clases profundamente racializada.
La Revolución cubana, en 1959, convirtió a la isla en ejemplo del “sí se puede”: puede existir otro tipo de organización política y social. Rompió con presupuestos dominantes en la política y las relaciones internacionales del siglo XX. Cuba se transformó en el “pulgarcito” a batir: el ejemplo que debía fracasar para demostrar que el capitalismo global —los tecno-oligarcas, los anarcolibertarios, el poder económico transnacional— no podía ser desafiado desde una experiencia alternativa.

Las restricciones comerciales y financieras —el bloqueo— han sido centrales en esa relación. Su impacto atraviesa la vida cotidiana. Un impacto que contribuye al acelerado envejecimiento poblacional y al deterioro progresivo de emblemas históricos como la educación y la salud públicas. También afecta otro de sus símbolos: la cooperación internacional cubana, rara avis entre los países del Sur global.
Desde hace más de seis décadas, este régimen de sanciones constituye una medida de castigo colectivo que afecta directamente a la población civil, limitando el acceso a alimentos, medicamentos, tecnología, financiación y recursos esenciales para la vida cotidiana. Sus efectos recaen con mayor dureza sobre personas mayores, mujeres, infancia y sectores vulnerables.
Envejecimiento. Crisis del sistema de cuidados. Pensiones insuficientes. Sistema de salud tensionado y deteriorado. Crisis energética. Pobreza y desilusión.
Sobrevivir no es romántico: es agotador.

Es extremadamente difícil —si no imposible— generar bienestar, equidad y democracia en un contexto que presiona hasta la asfixia. Pienso a menudo cómo habría sido el presente de Cuba —y de otros países— sin esa violencia externa constante. Cómo se habría organizado internamente la sociedad. Cómo habrían gobernado sus dirigentes sin una presión permanente sobre el modelo que ensayan.
La diplomacia y las relaciones internacionales deberían orientarse a garantizar la paz y el respeto de los derechos humanos. Ahogar económicamente a una población para obtener fines políticos no es diplomacia: es coerción.
En América Latina y el Caribe la Guerra Fría nunca terminó. Solo cambió de forma. La región sigue siendo el tablero.

Mi Cuba: de poesía, arte, gente linda, cariño, belleza, cultura, consciencia. Resistencia.





